El estudio, liderado por Juan Pablo Burla e integrado por investigadores del Departamento de Sistemas Agrarios y Paisajes Culturales del Centro Universitario Regional del Este (CURE) de la Universidad de la República (Udelar), con la participación de estudiantes de la Licenciatura en Gestión Ambiental del CURE, de la Facultad de Química y la Facultad de Agronomía, analiza estrategias de control biológico para favorecer la presencia y reproducción de enemigos naturales de las plagas en cultivos de tomate.
Una estrategia que apunta a “mejorar las condiciones del ambiente para que los enemigos naturales permanezcan en el lugar y ejerzan el control sobre las plagas”.
El control biológico es un método que utiliza enemigos naturales (hongos entomopatógenos, parasitoides y depredadores) para regular las poblaciones de insectos plagas. Se trata de implementar “otros organismos, para bajar las poblaciones de los insectos plagas, siendo aquellas poblaciones que aumentan mucho su tamaño y generan daño en los cultivos”, explicó Juan Burla, ingeniero agrónomo, Magíster en Ciencias Agrarias.
“Dentro del control biológico hay varias modalidades”, uno de los métodos es “el control biológico clásico, que se ha dado históricamente”, por el cual “se introducen enemigos naturales de otras regiones del mundo para controlar plagas exóticas”. Mientras que, por otra parte, el equipo implementa el control biológico por conservación, “lo que busca es siempre mejorar las condiciones del ambiente para que los enemigos naturales permanezcan en el lugar y ejerzan el control sobre las plagas”, sostuvo.
Los míridos de la especie Tupiocoris cucurbitaceus y Engytatus varians, insectos nativos de la región neotropical, son depredadores que se alimentan de los insectos que atacan el cultivo de tomate, como pueden ser la mosca blanca, la polilla del tomate y los pulgones, entre otros.
Estos Tupiocoris fueron registrados “por primera vez en Chile, en el año 1852, sobre plantas de mate Lagenaria sp.”, rememoró el docente del CURE. Mientras que en Uruguay “los descubren en el año 1947, en huertas de Montevideo sobre plantas de tabaco”.
Como parte de su trabajo de tesis de grado, Burla se dedicó a la revisión y detección de una lista de plantas que podían ser útiles para el refugio de estos insectos. Dentro de las plantas acompañantes que benefician la llegada de estos enemigos naturales se encuentran la planta de tabaco, las caléndulas, las Solanáceas peludas y el Girasolillo.
En 2018, el grupo de investigación introdujo plantas acompañantes dentro de las plantaciones de tomates en invernáculos y a través del seguimiento de las poblaciones detectaron que “los insectos llegan y colonizan esas plantas”, aseguró.
En una primera etapa, el equipo colocaba plantas de tabaco sin inocular y se esperaba la llegada natural de los insectos. Sin embargo, “la llegada de los bichos a las plantas de tabaco depende del manejo sanitario realizado por el productor y de si en el ambiente hay plantas de Senecio, Revienta caballo o Petunia. Estas son plantas nativas que sirven como refugio y, de esta manera, es más probable y rápido que lleguen al cultivo”, sostuvo. En una segunda etapa, en el marco de un proyecto CSIC-VUSP, se comenzaron a criar los insectos e inocular plantas con sus huevos, acelerando así el proceso de colonización.
Un aspecto fundamental para lograr conservar su población “es mantener esas plantas durante el invierno para que sobrevivan y puedan llegar al siguiente cultivo de tomate”. “En realidad lo que hacemos es darles las condiciones a los insectos para que se reproduzcan”, y logren “un número adecuado para poder controlar” las plagas. “Por el contrario, si nosotros plantamos el cultivo y después los insectos van llegando, generalmente lo que pasa es que llegan tarde. La plaga aumenta antes de lo que puede llegar a aumentar el enemigo natural para controlar la población”, señaló.
Durante el primer año, las plantas acompañantes deben incorporarse y mantenerse en el invernáculo, incluso durante los periodos sin cultivo de tomate. El tabaco debe conservarse en estado vegetativo, con brotes nuevos y tiernos para favorecer la reproducción de los míridos. Para ello, se realizan podas apicales y florales y se retiran hojas viejas o enfermas. Al capar el tomate, se realiza una poda fuerte del tabaco, reduciéndolo a unos 60 centímetros de altura.
En el segundo año, luego del trasplante del cultivo, se debe realizar nuevamente una poda fuerte de las plantas de tabaco para promover la migración de los depredadores hacia el cultivo. Hacia el final de la primavera, es recomendable renovar las plantas acompañantes, ya que no sobreviven indefinidamente dentro del sistema.
El estudio detectó que mantener las plantas acompañantes entre ciclos productivos favoreció la conservación del Tupiocoris cucurbitaceus y Engytatus varians. En los invernáculos donde las plantas se mantuvieron durante dos temporadas, la presencia del depredador fue significativamente mayor durante el segundo año. Este sistema no requiere de grandes cantidades de plantas refugio, en un invernáculo de unos 500 metros cuadrados se pueden utilizar entre seis y ocho plantas en la fila central del invernáculo.
“El objetivo de fondo de esta línea de trabajo es que el productor empiece a producir teniendo menos riesgo en la producción, utilizando menos insecticidas y fungicidas”, remarcó el ingeniero agrónomo.
En esa dirección, “proponemos también acompañar estas técnicas con el uso de bioinsumos como puede ser Trichoderma, Bacillus subtilis, Clonostachys, para el control de enfermedades u otros bioinsumos”, como pueden ser “los microorganismos eficientes nativos MEN, Metarhizium ”, ejemplificó.
Por otra parte, reconoció que estos insectos son sensibles al uso de insecticidas o fungicidas. “Si el productor aplica cobre o azufre, el bicho a esas plantas directamente no va, los fungicidas no los matan, pero le dicen que se vayan. Le dan ese mensaje”, consideró el docente del Departamento de Sistemas Agrarios y Paisajes Culturales del CURE.
Los investigadores identificaron nuevas plantas, puntualmente vegetación espontánea en los alrededores de los invernáculos donde también se encontró Tupiocoris cucurbitaceus: Senecio selloi, Cleome sp. y Solanum sarrachoides.
En estos últimos años, tras la aplicación de estas técnicas también se observó “que empiezan a aumentar otros enemigos naturales asociados a la chinche verde y otras chinches que atacan el tomate. Puntualmente se registró la presencia de avispas parasitoides del género Trissolcus sp. y Hadronotus sp. que parasitan sus huevos y ejercen también un control interesante sobre las poblaciones de chinches. Incluso hemos visto también que los míridos se alimentan de los huevos de las chinches. Y eso lo estamos logrando a través del manejo con las plantas”, indicó Burla.
Los investigadores del CURE lograron registrar que dicho evento se produce en diferentes puntos del territorio, tanto en invernáculos ubicados en el departamento de Treinta y Tres y en zonas costeras como en La Paloma, departamento de Rocha.
Una de las líneas de investigación que está trabajando el equipo actualmente, en conjunto con el Laboratorio de Ecología Química de Facultad de Química y Facultad de Agronomía, analiza cómo la interacción entre los míridos y las plantas acompañantes puede modificar los olores o sustancias volátiles que estas emiten y generar una respuesta por parte de las plagas del tomate.
La interacción entre las plantas e insectos puede generar mecanismos de atracción y/o repelencia entre las poblaciones de insectos, el objetivo del grupo es incorporar las mejores combinaciones insecto-planta para promover la disuasión de las plagas, conservación de insectos benéficos, similar a una estrategia de atracción-empuje.
Una de las hipótesis que estudian es que la alimentación y presencia de los míridos sobre las plantas acompañantes puede generar cambios en las sustancias volátiles que estas emiten, interacciones que pueden ser útiles para la regulación de plagas en los sistemas productivos, además de la depredación, que es su principal mecanismo de acción.